jueves, 18 de febrero de 2010

UN "COMANDO DE LA RESISTENCIA" PUBLICO UNA "CARTA ABIERTA" A LOS OFICIALES PATRIOTAS


Firmado por "Comando de Resistencia", circula por Internet una "Carta abierta a los oficiales patriotas de las Fuerzas Armadas".

Se trata de un texto duro, severo, redactado por una persona de gran cultura y conocimiento, de orientación peronista que se denota al hablar de "los dinosaurios gorilas que siguen suspirando por los bombardeos a la Plaza de Mayo", de pensamiento católico y que afirma conocer la Doctrina Social de la Iglesia.
Reproducimos a continuación su contenido íntegramente, tal como ha llegado a nuestro medio, por considerar la información y orientación de la misma de relevancia periodística:

CARTA ABIERTA A LOS OFICIALES PATRIOTAS DE LAS FUERZAS ARMADAS

La creciente indignación por el delito de “portación de apellido”, que la montonera ha instalado como criterio de selección para ascensos, mandos y comisiones, es una excelente oportunidad para comenzar a hacer algunas precisiones y reflexiones sobre nuestra actitud y nuestras responsabilidades, en orden a continuar coherentemente con el esfuerzo de la resistencia.

La confusión es grande y podemos desperdiciar poder de combate en acciones individuales aisladas o, peor aún, darle letra al enemigo para fortalecer su posición. Es tiempo de coherencia en el pensamiento, de prudencia en el planeamiento y de valentía en la acción.

Acerca del dolor por lo que pasa

El mal profundo que aqueja a la Patria es muchísimo más grave que la postergación del ascenso de algunos de nosotros por el resentimiento de la montonera y sus corifeos.
Quienes estamos consagrados a la defensa de la Patria (no de “intereses nacionales”) debemos estar inflamados de santa ira desde hace ya mucho tiempo por varias otras causas: por el encumbramiento de criminales en el gobierno, por la apología de las bandas terroristas mediante la deformación de la historia, por el encarcelamiento (y muerte por falta de atención) de nuestros camaradas que combatieron a la subversión, por la persecución a la Iglesia , por el ataque y el odio a nuestro obispado, por la presentación de blasfemias como arte, por el saqueo y despilfarro del dinero de los contribuyentes, por la perversión de nuestros hijos en las escuelas con la “educación sexual”, por la promoción de la contranatura y el aborto, por la ideologización de la educación y la cultura, por la deformación aberrante de las instituciones de la república, por el sustento estatal de nuevas bandas armadas de agitadores marxistas, por la injerencia totalitaria del estado en la educación de nuestros hijos, por la satanización de las FF.AA., por la vulgarización pornográfica de los medios masivos de comunicación, por el inmundo sistema partidocrático que se arroga la exclusividad de la representación política, por la demolición de la familia y de todo principio de autoridad, por el garantismo jurídico gracias al que asesinos quedan impunes, por la subvención estatal a la vagancia y a las mafias sindicales; porque la Nación Argentina esté representada en el exterior por homicidas, aborteros, terroristas, atorrantes, mafiosos, vagos y malentretenidos; porque son demolidos los fundamentos mismos del orden social y por un largo y penosísimo etcétera.

Todo esto viene ocurriendo desde hace mucho tiempo antes que las actuales injerencias de la montonerita en la vida interna de las FF.AA.

El odio de la caterva gobernante por todo lo que tenga algún vestigio de Patria, de milicia auténtica y de catolicidad, es plenamente coherente con la naturaleza intrínsecamente perversa y diabólica de sus miembros, pero esto no es una exclusividad ni una novedad de este gobierno.

Lo que hoy nos aqueja se viene cultivando desde el alfonsinato y todos tenemos parte de responsabilidad en que aquellos vientos hayan generado estas tempestades. A partir del patán estrábico y su yunta sólo hubo un cambio en el modo, o, si se quiere, en la intensidad, no en el contenido. Antes eran más sutiles y ahora son más brutales; un cambio de estilo que se condice con el gramscismo de aquéllos y la bestialidad de éstos.

Lo notable no es la insolencia con la que se atreven a hacer lo que están haciendo, sino que todavía no hayan ocurrido cosas mucho peores, bonanza sólo atribuible a la providencia divina.

Que sean capaces de postergar oficiales sólo por su apellido es algo que no nos debe extrañar, porque es lo propio de mentes patológicas cuando ejercen una autoridad cuyo fin no comprenden y con la cual no saben qué hacer.

La naturaleza de la autoridad, como potestad justificada por el bien común y orientada hacia éste, les es totalmente ajena, como les son ajenos la virtud, la piedad, la Patria, el derecho, la lógica y hasta el sentido común.

Los miembros de la banda gobernante y en particular el ejemplar que instalaron como comisaria política en el Ministerio de Defensa, estuvieron, están y, salvo especial intervención divina, estarán siempre psicológicamente más cercanos al delincuente que al estadista, más identificados con el agitador de barricada que con el ciudadano decente y sentimentalmente más unidos con el anarquista ponebombas que con el soldado heroico. No esperamos de ellos otra cosa que odio, arbitrariedad, resentimiento y bestialidad.

Si nuestro dolor por las arbitrariedades en los ascensos se inserta en el dolor previo por todo lo anterior, entonces es legítimo; si recién ahora nos indignamos, es una simple reacción egoísta ante un interés personal amenazado, dentro de una culpable indolencia por el largo calvario que viene sufriendo la Patria que hemos jurado defender.

Si cuando nos vemos afectados personalmente nos airamos, luego de que durante años fuimos espectadores pasivos de la demolición de la Patria, entonces no somos mejores que ellos.

Duele pensar que nos indignamos recién ahora cuando nos vemos afectados personalmente y nadie (o muy pocos) alzaron la voz durante los largos años en los que la Patria fue sometida a la impiedad y las fuerzas armadas fueron humilladas y escarnecidas de innumerables formas.

Eso suena a la actitud de los “cacerolazos”, que votaron a terroristas e inútiles, miraron para el costado ante la perversión de las costumbres y la destrucción del orden social, pero el día que les metieron la mano en los bolsillos salieron indignados a la calle a protestar por lo que ellos mismos habían causado.

Algunas preguntas para la reflexión y el examen de conciencia:

¿Hemos sido conscientes de estos males que aquejan ya hace años a la Patria que juramos defender o sólo nos preocupan nuestros ascensos, tener más medios y mejores sueldos?

¿Nos preocupa más nuestra fuerza como institución de la Patria o nuestra carrera?

¿Tenemos presente en todos los actos del servicio que somos instituciones de la Patria y no “organismos del estado” o “dependencias del ministerio de defensa”?

¿Acaso no hemos rendido tributo mental a muchas ideas que son justamente el origen de la postración de la Patria : el democratismo, el pluralismo, el relativismo, la laicidad del estado, el positivismo jurídico, el sometimiento de nuestra soberanía jurídica a “tratados internacionales” , el “funcionario público”, el Nuevo Orden Mundial, los “nuevos roles”, la “reconciliación” de los argentinos, el “género”, la “democratización” de las FF.AA., la “soberanía popular”, etc.…?

¿No le habremos levantado monumentos a las causas y ahora nos escandalizamos por las consecuencias?

¿Recordamos que la Patria está en manos de una banda de delincuentes subversivos, cuyos antecedentes –de los cuales no han renegado ni se han arrepentido- incluyen haberse alzado en armas para instaurar en nuestro país una tiranía bolchevique? ¿No hay entre nosotros algunos insensatos que piensan que simplemente son un gobierno que “no nos quiere mucho” o algún tarado que dice “…en el fondo, la gorda nos quiere.”?

¿Acaso no hemos sido espectadores pasivos y silenciosos de la destrucción de la justicia militar; de la injerencia zurda en los planes de estudio; de las clases de “Ética” o “derechos humanos” a cargo de agitadores marxistas; de las conferencias sobre la problemática de “género”; de las no discriminaciones de concubinos, fornicarios, manfloros y herejes sectarios; de la “tolerancia” con “soldadas”, “aspirantas”, “marineras”, “cadetas” y hasta “oficialas” flojas de bombacha que quedan embarazadas solteras o se enfiestan en sus unidades?

¿Nunca dijimos frasecitas estúpidas tales como: “Hay que adaptarse a los nuevos tiempos” o “Hay que aceptar que el mundo cambió y ahora lo militar es distinto” o “Hay que evolucionar, no podemos aferrarnos al pasado” o “No hay que preocuparse, en el fondo no cambia nada…”?

¿Acaso no hemos escuchado y hemos aceptado dócilmente las interminables conferencias o los insoportables pasquines donde habladores y escribidores de uniforme rinden tributo al discurso de los “nuevos roles”, mientras la Patria es sometida por montoneros en el gobierno y tres archipiélagos nuestros están ocupados por los ingleses?

¿No habremos caído en la ridiculez de buscar los argumentos contra la infamia montonera en los editoriales progres de La Nación que queman incienso a la memoria de Alfonsín, o en los loores al relativismo de Grondona, o en los discursos del rabino Bergman o en los dinosaurios gorilas que siguen suspirando por los bombardeos a la Plaza de Mayo?

¿Nos preocupamos por formarnos en el pensamiento nacional y en la Doctrina Social de la Iglesia o nos entusiasmamos con las fruslerías que le escuchamos decir a cualquier politiquejo que aparece como opositor?

¿Somos conscientes de que fuimos derrotados en una guerra cuyo campo de combate son las ideas y que lo que se gana o se pierde son voluntades y no espacios geográficos? ¿Nos damos cuenta de que la primera línea de combate está en nuestras mentes?

¿Tenemos presente que estamos llamados a la resistencia y la refutación permanente de los desvaríos ideológicos del régimen y no al contubernio mental con sus ideas? ¿Hemos sido dóciles retransmisores de sus falacias hacia nuestros subalternos?

¿No nos da vergüenza que la encuesta que encargó la montonera para saber qué pensábamos acerca de la persecución judicial a nuestros camaradas que combatieron al marxismo arrojó como resultado que ese era el tema que menos nos importaba?

¿Nos acordamos de rezar por nuestros camaradas prisioneros de guerra en las mazmorras del régimen? ¿Los ponemos en las intenciones de la Misa?

¿Acaso no hay entre nosotros algunos que si les aumentaran el sueldo y le compraran algún barco, avión o vehículo dirían: “después de todo, estos tipos no son tan malos”?

Nos indigna ver a nuestras cúpulas rendirle pleitesía a la montonera, verlos bajar cuadros o entregar escuelas. Somos rápidos para pensar que son capaces de cualquier bajeza con tal de seguir aferrados a sus puestos, sueldos, autos oficiales y personal de servicio… ¿Acaso nosotros, cada uno en su nivel, no hemos hecho lo mismo cuando guardamos silencio, cuando cumplimos sin chistar algún vómito que baja del Ministerio de “Defensa” o cuando nos convertimos en cómplices de la demolición moral de nuestra fuerza para no arriesgar un ascenso, un nombramiento o una comisión al exterior?

¿Vivimos heroicamente las bienaventuranzas y el testimonio valiente de la Verdad en nuestras carreras o cuando nuestros intereses personales se ven amenazados se nos termina la indignación y nos convertimos en dóciles instrumentos de los montoneritos y sus cómplices de uniforme?

Estas preguntas sirven para tomar conciencia de que, gracias a nuestra incoherencia a lo largo de muchos años, tenemos gran parte de responsabilidad por lo que nos está pasando hoy. No se trata de minimizar el dolor o la injusticia que sufren quienes se ven postergados sólo por su apellido. Se trata de que recordemos que tenemos una Patria que defender y por muchos años hemos contemplado silenciosamente su demolición.

Si luego de este examen te sientes mal, es un excelente comienzo. La conciencia de la falibilidad es el primer paso hacia la rectitud, así como la conciencia del pecado es el primer paso hacia la santidad.

No nos quedemos en el diagnóstico, pasemos a la acción.

Camarada patriota:

Ofrece tu dolor por las arbitrariedades con que han afectado tu vida y tu carrera. Toma la persecución que sufres como tu modo personal de vivir las bienaventuranzas. Pon tu dolor al pie de la cruz, allí, al lado de María, Iuxta crucem lacrimosa. Si te dejas llevar por el odio y el resentimiento, no eres mejor que ellos. Carga tu cruz aferrándote a ella con amor y ofrece tu dolor por la Restauración de la Patria.
Ellos sólo tienen su dinero y su efímero poder, que se les está escurriendo de entre las garras. Tú recuerda a Santa Teresa:

“Nada te turbe, nada te espante,
todo se pasa, Dios no se muda;
la paciencia todo lo alcanza,
quien a Dios tiene nada le falta,
sólo Dios basta.”

No te quedes maldiciendo en inútiles conversaciones de cuartel o de cámara. Pasa a la acción concreta:

Estudia a los pensadores de nuestra Patria y de Occidente. Fórmate espiritual e intelectualmente.

Reza por la Restauración.

Refuta las barbaridades del ministerio defensivo y no le des cabida ni en tus palabras, ni en tu mente ni en tu corazón.

Educa a tus subalternos, neutraliza los mensajes disolventes. Enséñales a tus hombres a ver la brutalidad y la impiedad de la banda subversiva que nos gobierna.

Asume tu parte en la Restauración de la Patria. Prepárate tú y prepara a tus hombres para el momento de la contraofensiva.

Juraste defender a la Patria. No hacer lo que mejor puedas en tus circunstancias es pecar contra el segundo mandamiento. Honra el sable que alguien te alcanzó, pero que Cristo Rey te entregó.

Cuando se les termine su “mandato popular” volverán a las alcantarillas de donde salieron a seguir siendo lo que siempre fueron, mientras que tú seguirás siendo un oficial con una fuerza que restaurar y una Patria que reconquistar. No te desalientes, no rehúyas el Buen Combate; eres más valioso como oficial de la resistencia que como retirado que se va maldiciendo.

Vuelve al sano espíritu militar y no rindas tributo a las ideas de los enemigos de la Patria.

Cada pequeña acción de neutralización de las ideas defensivas es importante. Cada arenga, cada charla de conducción, cada concepto claro en una clase, cada buena lectura, cada panfleto zurdo tirado a la basura, cada rosario ofrecido por la Restauración de la Patria es un avance.

Difunde esta carta y los comunicados del Comando de la Resistencia. Exhorta a los tibios a combatir. Consigue las órdenes de operaciones, usa los indicativos y cumple tu parte.

Encomiéndate a María, sabiéndote amparado por Ella en la primera línea del Buen Combate, por Dios y por la Patria.

Las tinieblas ya se están disipando. Volverá a reír la primavera.
Dado en el Puesto Comando de la Resistencia,
en la solemnidad de la Inmaculada Concepción de María,
la que venció a todas las herejías,
la que le va a aplastar la cabeza al linaje de la serpiente,
la que nos ampara y nos guía en la Reconquista de la Patria.

“Si a las tres de la mañana el virrey no ha renunciado, lo arrojaremos por la ventana de la fortaleza”. Gral. Manuel José Joaquín del Corazón de Jesús Belgrano, 1810.

EL GOBIERNO NACIONAL TOMARÍA PARTIDO POR LA MUERTE

La jueza Robert rechazó el pedido de aborto. La madre de la menor violada apelaría el fallo con el apoyo del Ministerio de Salud de la Nación.

La jueza de Familia N° 3 de Comodoro Rivadavia, Verónica Daniela Robert, rechazó el pedido de aborto que había hecho la madre de la adolescente de 15 años embarazada tras una violación.

Según manifestó la fiscal Liliana Ferrari a cargo de la agencia Única de Abusos Sexuales de Comodoro Rivadavia la violación fue perpetrada por el concubino de su madre que sigue en libertad.

La Dra. Robert habría basado su sentencia en la recomendación del Comité de bioética. Sus integrantes -el jefe de Ginecología y Obstetricia del hospital regional, Juan Pires; la jefa de Salud Mental, Susana Martining, y la abogada María Inés Cosentino- estimaron que el aborto era más riesgoso para la joven que un embarazo a término. No obstante, la madre de la menor apelaría la decisión acompañada por el Ministerio de Salud de La Nación según declaró a Página 12 Paula Ferro, titular del Programa Nacional de Salud Sexual y Procreación Responsable.

A pedido de los suscriptores que nos han escrito solicitando un correo electrónico para manifestarse a favor de la salud de la madre y de la vida del hijo, consignamos los datos del Diario Crónica de Comodoro Rivadavia.

Web: http://diariocronica.com.ar/

Email: cronica@diariocronica.com.ar

martes, 16 de febrero de 2010

LA OSADIA DE ASPIRAR ALTO

Grande osadía se necesita ya para ser un santo, grande osadía se necesita para conquistar un siglo, grande osadía se necesita para ganar un imperio. Y la Iglesia, nutrida al parecer con sangre de León y poseída de todas las osadías, derriba hombres, gana imperios, extiende ilimitadamente sus dominios y hoy (a la vuelta de 2000 años y cuando debiera haber envejecido) abre sus ojos hacia todas la fronteras, filosofías, cátedras, libros, parlamentos, arte, política y no desespera de fundar el imperio más vasto que hayan visto los siglos. La Iglesia vive y se nutre de osadías, todos sus planes arrancan de la osadía. Solamente nosotros nos hemos empequeñecido y nos hemos entregado al apocamiento.

Tenemos la necesidad urgentísima de que nuestros baluartes se alcancen fuera de nuestra Iglesia y hogares, para que cada corazón, cada alma nos encuentre en plena vida pública, para conservar los principios que hemos sembrado en lo íntimo de las conciencias, dentro del santuario, del hogar y del templo.

Urge que cada católico rectifique radicalmente su vida y tenga entendido que hay que ser soldados de Dios en todas las partes, sobre todo donde se libren grandes batallas. Dentro y fuera de los templos alcancemos la bandera de Dios y combatamos sin tregua con las banderas desplegadas hacia todos los vientos.

Ser personalidad alta y fuerte es más que ser soldado. Y quien no haya recibido la disciplina de la inmolación y el sacrificio, ni haya metido sus manos en el crisol ardiente del dolor buscando y aceptando metódicamente, no será soldado, ni caudillo, ni siquiera remedo de carácter robusto… Haced presente a los adversarios con ánimo sereno y firme, es necesaria la disciplina de la inmolación voluntaria, es hacer el alma dura a través del desierto a todos los reveses.

No es este el momento de las indecisiones, ausencias o falta de compromisos. Es la hora de los audaces, de los que tienen esperanza, de los que anhelan la santidad, de los que aspiran a vivir en plenitud el Evangelio y de los que quieren realizarlo en el mundo actual y en la historia que se avecina.

miércoles, 10 de febrero de 2010

VOLUNTARISMO SEMIPELAGIANO – II. VERSIONES ACTUALES. 1

–A estos voluntaristas también deles duro, que me caen muy mal.

–Pues yo tengo gran estima por muchos de ellos, y me da pena que hayan tenido deficiencias en su buena formación.

La doctrina de la Biblia y del Magisterio apostólico es muy clara: «Sin mí no podéis hacer nada» (Jn. 15,5). «Es Dios el que obra en nosotros el querer y el obrar según su beneplácito» (Flp. 2,13). «Cuantas veces obramos bien, Dios, para que obremos, obra en nosotros y con nosotros» (Orange II, c. 9)… Cuando se leen estas frases tan claras, parece que la realidad que afirman –otra cosa será la explicación teológica que de ella se dé– es evidente: la gracia mueve la libertad del hombre para que pueda hacer el bien, un bien que no podría hacer ella sola sin la ayuda sobrenatural de Dios.

Sin embargo, son muchos los cristianos que ignoran esta verdad tan absolutamente fundamental, y que incluso se extrañan y eventualmente se escandalizan cuando se afirma de modo explícito. Más adelante, con el favor de Dios, he de exponer con cierta amplitud la doctrina católica. Pero contrapongo ahora, en forma muy abreviada, la fe católica en la primacía y eficacia de la gracia, y el modo semipelagiano de entender estas cuestiones.

Doctrina católica. La libertad humana es causa «subordinada», que se mueve movida por la gracia de Dios, la causa principal, en la producción de la obra buena. Por tanto, la libertad es causa real de la obra buena, pero no causa autónoma, que pueda producir su objeto propio, el bien, por sí misma; sino causa creatural, segunda, subordinada, que necesita la moción de la gracia divina. Puede la libertad humana, si Dios lo permite, resistir la acción de la gracia, pecar; pero no puede ella sola hacer el bien y perseverar en él. La eficacia de la gracia es intrínseca, por sí misma, no por la co-operación de la libertad humana que, meritoriamente, consiente en ser movida por ella. Por tanto, si uno es más santo que otro, eso se debe principalmente a que ha sido especialmente amado y agraciado por Dios: el ejemplo máximo es la Virgen María. Dios ama a todos, pero ama a unos más que a otros, y no distribuye sus gracias por igual. Bien sabe uno que esta doctrina choca frontalmente con el igualitarismo falso de la cultura moderna; pero es la verdad de la fe católica.

El papa Paulo V mandó que cesaran las disputaciones entre Dominicos y Jesuitas sobre la explicación teológica de este misterio (1607). Y comunicó en 1611 al embajador español que, si la Santa Sede había sobreseído el pronunciamiento sobre esta disputa, se debía, entre otras causas, a que las dos partes estaban de acuerdo «en la sustancia de la verdad católica, esto es, que Dios con la eficacia de su gracia nos hace obrar, y hace que nosotros pasemos de no querer a querer, y dobla y cambia las voluntades de los hombres» para afirmarlas en las obras buenas salvíficas (Denz. 1997). Es la enseñanza perfectamente clara de San Pablo: «por la gracia de Dios soy lo que soy, y la gracia que me concedió no ha sido estéril, sino que he trabajado yo más que todos ellos; pero no yo, sino la gracia de Dios conmigo» (1Cor 15,10-11). Y Santa Teresa del Niño Jesús, gran Doctora de la gracia, emplea las imágenes del «ascensor» y del «pincelito» para expresar la obra de Dios en su maravillosa santificación personal.

Doctrina semipelagiana. La libertad humana es causa «co-ordinada» con la gracia divina. Los semipelagianos no son pelagianos: admiten la necesidad de la gracia divina para obrar el bien. Pero entienden que el acto libre (la parte humana) concurre con la gracia divina (la parte de Dios), y así la hace extrínsecamente eficaz en la producción del bien. Dios ama a todos los hombres igualmente, ofreciendo a todos igualmente su gracia para hacer el bien, y es el mayor o menor grado de generosidad de cada persona humana lo que principalmente determina el crecimiento en la vida sobrenatural. San Roberto Belarmino, S. J., Doctor de la Iglesia, aunque adversario de ciertas tesis tomistas de los dominicos, reconoce que ese modo de pensar es inconciliable con la fe católica. ¡Y son tantos, y a veces tan buenos, los que piensan así hoy!

«Algunos [semipelagianos] opinan que la eficacia de la gracia se constituye por el asentimiento y la cooperación humana, de modo que por su resultado se llama eficaz la gracia… y obtiene su efecto porque la voluntad humana coopera. Esta opinión es absolutamente ajena a la doctrina de San Agustín [y de Santo Tomás], y en cuanto a lo que yo entiendo, incluso ajena a la doctrina de las Divinas Escrituras» (De gratia et libero arbitrio I, cp. XII; cf. F. Canals, Gracia y salvación, Anales de la Fund. Fco. Elías de Tejada, 2, 1996, 13-30).

El voluntarismo pone, pues, la iniciativa de la vida espiritual en el hombre, quedando la gracia en la condición de ayuda, de ayuda necesaria, sin duda –«sin mí no podéis hacer nada»–, pero de ayuda. Aunque los cristianos que se ven afectados por esa actitud sean con frecuencia doctrinalmente ortodoxos –no son pelagianos, ni tampoco son semipelagianos conscientes–, en su espiritualidad práctica no alcanzan a vivir del todo, es imposible, la primacía absoluta de la gracia divina, la total gratuidad de la gracia, ni tampoco son conscientes de su intrínseca eficacia. No pueden llegar a la perfecta humildad, y por tanto a la plena santidad. Ellos estiman que ir más o menos adelante en el camino de la santidad «es cuestión de voluntad»; «querer es poder», etc. A veces, más que un error doctrinal, estos desastrosos planteamientos son en ellos una desviación espiritual, debida a tres causas principales:

1. – Una mala instrucción en la fe católica. Sólo un ejemplo. El padre Severino González, S. J., a mediados del siglo pasado, en una de las colecciones de teología dogmática más difundidas, rechaza juntamente las doctrinas agustinianas, tomistas y escotistas en estas cuestiones, y mantiene que «ningún sistema que afirme la gracia intrínsecamente eficaz puede explicar su concordia con la libertad» (Sacræ Theologiæ Summa, BAC, Madrid 1953, III, tract. III, tesis 33, nn. 313 y 324). Los muchachos de esos años no leíamos esas obras académicas, pero sí leíamos no pocos libros (por ejemplo, El joven de carácter, del húngaro Tihamer Toth, 1889-1931) que, si no recuerdo mal, por ahí andaban. Querer es poder. Es cuestión de generosidad… Aquellos libros nos hicieron mucho bien, pero también ocasionaron graves daños espirituales, cuya profunda huella negativa ha permanecido siempre en algunos, por falta de verdad católica. Padre, «santifícalos en la verdad» (Jn. 17,17).

2. – Un antropocentrismo cultural ampliamente predominante, no solo en el mundo, sino también en las zonas mundanizadas de la Iglesia. El teocentrismo humilde que caracterizó tan profundamente la cristiandad antigua y medieval fue debilitándose mucho, como bien sabemos, a partir sobre todo del Renacimiento. Desde entonces, el antropocentrismo voluntarista, inevitablemente soberbio –aunque no se trate a veces de una soberbia personal, sino de especie humana– ha producido frecuentemente en los últimos siglos un cristianismo falsificado, en el que se ignora en gran medida la primacía de la gracia. Son muchos los católicos que son pelagianos –entre los no practicantes la mayoría–, y piensan que ir a la santidad está en la fuerza natural del hombre. Por eso, como no son tontos, no lo intentan, y dejan la vida cristiana. Y otros son semipelagianos –bastante numerosos entre los practicantes–, pues piensan que el bien que han de hacer procede en parte de Dios, y en parte, la más decisiva, por supuesto, de su propia voluntad libre.

3. – Un bajo nivel espiritual de sacerdotes y laicos. Entre los cristianos todavía carnales (1Cor 3,1-3), también entre aquellos que tienden con fuerza a la perfección, el voluntarismo suele ser el error más frecuente, pues si la pereza a veces, muchas veces, les daña, todavía hace en ellos peores estragos la soberbia, que unas veces es perezosa y otras activa, pero que siempre tiende a poner en el hombre la iniciativa, quitándosela a Dios, aunque sea inconscientemente.

En cambio los santos –ya lo comprobaremos– todos profesan la doctrina católica de la gracia, porque todos son perfectamente humildes. Y como dice Santa Teresa, «la humildad es andar en verdad; que es verdad muy grande no tener cosa buena de nosotros, sino la miseria y ser nada; y quien esto no entiende, anda en mentira» (6 Moradas 10,8). Es cierto que algunos santos, en sus comienzos, cuando todavía eran carnales, andaban no poco engañados, y fueron voluntaristas por carácter personal o por una formación incorrecta; pero cuando por la gracia de Dios llegaron a una condición espiritual, todos ellos descubrieron la primacía absoluta de la gracia, pues de otra manera no hubieran llegado a la santidad. La plena santidad se da en la perfecta humildad y verdad.

Un San Ignacio, por ejemplo, cuando se convierte en Loyola leyendo Vidas de santos, se decía a sí mismo: «Santo Domingo hizo esto; pues yo lo tengo de hacer. San Francisco hizo esto; pues yo lo tengo de hacer» (Autobiografía 7). Por narices. Pero en cuanto va entrando en Dios y en la vida espiritual, muy pronto alcanza por don del Señor un supremo conocimiento de la gracia. Y en sus Ejercicios dispone: «pedir a Dios Nuestro Señor quiera mover mi voluntad y poner en mi ánima lo que yo debo hacer»… (17). «Aquí será pedir gracia para elegir lo que más a gloria de su divina majestad y salud de mi ánima sea» (152). Por ahí vamos mejor. Sus maravillosas reglas de discernimiento muestran claramente que en la vida espiritual la pretensión fundamental ha de ser dejarle hacer a Dios, haciendo lo que Él quiera hacer en nosotros, incondicionalmente.

La operatividad caracteriza al voluntarismo semipelagiano. Es cierto que a veces el semipelagianismo, al cifrar tanto la obra de la santificación en el esfuerzo de la voluntad libre del hombre, lleva al voluntarista a abandonar la vida cristiana. Sabiendo bien por experiencia aquello de San Pablo: «no hago el bien que quiero, sino el mal que aborrezco. Es el pecado que mora en mí» (cf. Rm. 7, 15-19), concluye: «si así es el camino de la perfección, yo no tengo nada que hacer. Mejor será abandonar el intento». Y confiándose sin más a la misericordia de Dios –en el mejor de los casos–, pasa del semipelagianismo al luteranismo protestante.

Pero el voluntarismo semipelagiano lleva normalmente a los cristianos fieles y practicantes a una operatividad malsana. Ya sabemos, sí, que «la fe, si no tiene obras, está muerta» (Sant. 2,17). Y no olvidamos las exhortaciones de Santa Teresa: «que no, hermanas, no: obras quiere el Señor» (5 Moradas 3,11); «vosotras diciendo y haciendo, palabras y obras» (Camino Perf. 55,2). Pero en una vida espiritual católica –sinergia de gracia y libertad–, que da siempre la iniciativa a Dios y a su gracia, el florecimiento en la santidad va siempre de la persona a las obras, del interior al exterior, con paz y suavidad, aunque a veces con gran cruz. Bajo el impulso del Espíritu Santo, en gran medida imprevisible, la oración y el ejercicio de las virtudes, el cultivo de la persona, de sus modos de pensar, de querer y de sentir, la cruz de cada día, va haciéndole florecer en buenas obras, al ritmo que marca Dios, no al señalado por la propia persona o por su director espiritual o su grupo: «es Dios quien da el crecimiento» (1Cor 3,7). Hay cactus que, bien regados y cuidados, siguen espinudos y feos tiempo y tiempo, hasta que, de pronto, dan lugar a una flor maravillosa.

En el voluntarismo, por el contrario, se produce una cierta subordinación de la persona a las obras concretas. Se tira de la planta para que crezca más rápidamente, con el peligro de quedarse con ella en la mano. El crecimiento espiritual se pretende sobre todo por la prescripción –personal o ajena– de un conjunto de obras buenas, bien concretas, cuya realización se estimula y se controla con frecuencia.

Si las obras no se cumplen, vendrán juicios temerarios («soy un flojo; yo no valgo para esto»; «es un flojo; no vale, dejémoslo»; «puede, pero le faltó generosidad»). Y si se cumplen, vendrán juicios igualmente temerarios («soy un tipo formidable»; «es un tipo formidable»). Más aún. La operatividad voluntarista lleva a la prisa, que se hace crónica, y al activismo, al mismo tiempo que pone límites muy tasaditos a los tiempos de oración (personas tensas, comunidades siempre super-ocupadas). Lleva inevitablemente a la obra mal hecha, aunque la apariencia exterior de la misma sea buena. Cuantifica la vida espiritual (dos horas de oración santifican el doble que una; evidente). Da ocasión para los escrúpulos con gran frecuencia. Fija objetivos («este año tiene Ud. –o su comunidad– que conseguir al menos dos vocaciones para el Instituto, y una docena de vinculaciones de laicos»). Controla los resultados pretendidos, con mal desánimo o con peor satisfacción, según se hayan conseguido las metas. Lleva a un normativismo y a un legalismo detallista, y no advierte que leyes y normas señalan siempre obras mínimas, que no pocos voluntaristas tomarán como máximas, contentándose con su cumplimiento: todo lo que pase de ahí es para ellos exageraciones. Mediocridad congénita. «El viento [del Espíritu Santo] sopla donde quiere, y oyes su voz, pero no sabes de dónde viene ni adónde va. Así es todo nacido del Espíritu» (Jn. 3,8).

El voluntarismo es tremendamente insano, tanto espiritual como psicológicamente. No capta la vida cristiana como un don constante de Dios, «gracia sobre gracia» (Jn. 1,16), sino como un incesante esfuerzo laborioso del hombre. Sus errores y los daños que produce en personas y en grupos son tantos que resultan indescriptibles. Pero aquí estoy yo y, con la gracia de Dios, voy a describirlos. Querer es poder.

José María Iraburu, sacerdote