miércoles, 20 de marzo de 2013

CARTA ABIERTA A SU SANTIDAD BENEDICTO XVI, OBISPO EMÉRITO DE ROMA


Mi dulce Benedicto, son días extraños los que estamos viviendo Hay un ambiente extraño por todos lados. Aún no puedo reponerme de su triste despedida en ese helicóptero que nos lo separó de la vista pero no del corazón.

La euforia en la que nos vemos sumergidos es tan grande, el mundo parece repentinamente en la conversión. Tal vez sea así, eso espero. Sin embargo, yo, yo no puedo ser feliz.

No importa. Pero trato de indagar el por qué. Esta noche, he intentado buscar un poco de luz para mi corazón. Por desgracia, al no tener su santidad, no puedo vivir todo esto en la paz y la serenidad de mente que usted siempre nos ha mostrado, aún en medio de los ataques y humillaciones más recias. ¡Cuántas humillaciones para su corazón de Padre!

La causa principal de este mal ánimo es mi ingratitud. Ciertamente es el mal más evidente de toda persona, y es el principal mal que nos hace menos humanos. Estamos eufóricos en estos días de "redescubrimiento" de la pobreza, y, ni siquiera ya, pensamos en usted, que en este momento es el más pobre de todos.

Usted ha elegido la soledad y el silencio, usted no quiere mostrar su pobreza al mundo. Porque usted, no ha querido hacer bandera de sus virtudes ante el mundo. Usted ha puesto sus virtudes al servicio de todos nosotros y de la Iglesia de Cristo. Sus virtudes se han desplegado en un modo tan discreto e impersonal hasta hacerlas no parecer "suyas"...

Cómo somos ingratos y poco amables en nuestras mezquinas comparaciones!!

Le confieso que su decisión de renunciar al Pontificado me ha tentado, por un momento, de considerarlo a usted como un cobarde. Como Pedro en la leyenda del "Quo vadis", huyendo de la Cruz... En cambio, en estos días refulge la grandeza de su decisión. Y esta elección se ve clarificada, pero de modo invisible, por su elección de esconderse en Cristo y en la clausura.

Cuánta grandeza, cuánto coraje! Ningún amor propio. Sólo la Cruz. Sin embargo, nosotros seguimos haciendo comparaciones. Ya las habíamos hecho con su amado predecesor Juan Pablo II, nosotros "comparábamos" y usted, Santo Padre, escribía silencioso páginas memorables del Magisterio de la Iglesia.

Un Magisterio límpido, claro, que suscitaba nuestra sed de encontrarnos con la Verdad que es Cristo, con una Verdad Bella, radiante y musical.

Y seguimos, ahora en la euforia, haciendo comparaciones, mientras usted con su voluntaria ausencia, escribe la encíclica más bella. La encíclica sobre la humildad. Hoy es su onomástico, mi amado Benedicto. Le pido perdón por mi ingratitud, pero sobre todo por mi falta de Fe.

Le deseo días felices, me empeñaré en ser un mejor hijo para nuestro Papa Francisco, mejor de cuanto lo he sido para usted.

En el Corazón de Jesús!

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