lunes, 24 de noviembre de 2008

A NUESTRO SOBERANO REY JESUCRISTO


“A Jesucristo, Rey de reyes, venid y adorémosle” (Invit.). Hoy es el día de proclamar su realeza, de decir entre suspiros: ¡Venga a nosotros tu reino!, de decir al Padre: “¡Padre, glorifica a tu Hijo!”

“La revolución ha comenzado por proclamar los derechos del hombre, y no terminará sino al proclamar los derechos de Dios.” Así decía en el siglo XIX el conde de Maistre.

“Jesucristo no es Rey por gracia nuestra, ni por voluntad nuestra, sino por derecho de nacimiento, por derecho de filiación divina, por derecho también de conquista y de rescate.”

“Así que Cristo es Rey universal de este mundo por su propia esencia y naturaleza” (S. Cirilo de Alejandría, 2° Noct.), en virtud de aquella admirable unión que llaman hipostática, la cual le da pleno dominio no sólo sobre los hombres, sino hasta sobre los Ángeles y aun sobre todas las criaturas. (Pío XI., 2° Noct.).

Y ¿que de extraño tiene sea Rey de los hombres el que fue Rey de los siglos? Pero Jesucristo no es Rey para exigir tributos o para armar un ejército con hierro y pelear visiblemente contra sus enemigos. Es Rey para gobernar los espíritus, para proveer eternamente al mundo, para llevar al reino de los cielos a los que creen, esperan y aman. El Hijo de Dios, igual al Padre, el Verbo por el cual todas las cosas fueron hechas, si quiso ser Rey de Israel, fue por pura dignación y no un encumbramiento; fue una señal de misericordia, no un aumento de poder (S. Agustín, 3° Noct.).

Nadie tema que vaya a perder algo porque se someta al “suavísimo imperio” de Cristo (Or.). No teman las sociedades, porque Él es quien las funda y las sustenta. No teman los poderosos, porque “no quita los reinos mortales Quien da los celestiales”. No teman tampoco los individuos, porque servir a Cristo es reinar. Es un Amo tal que no esclaviza ni esquilma a sus servidores; un Pastor y un Señor que no engorda con la carne de su rebaño, ni se viste con sus lanas, ni se regala con su leche, antes se desvive por los suyos y se les entrega con todos sus haberes ya desde la tierra, hasta que sean capaces de poseerle y de gozarle mas cumplidamente allá en el cielo. Tiene derecho a todo mando y a todo honor; pero exige poco y hasta llega a decir que “su reino no es de este mundo” (Evang.). Por eso, que nada hay de mas irracional y mas incomprensible que el grito rabioso de esa chusma que todavía vocifera: “¡No queremos que Cristo reine sobre nosotros!” Piensan los insensatos que les va a privar de la libertad, cuando se la va a acrecentar y perfeccionar, proscribiendo tan solo el libertinaje, tan fatal para las almas como para los cuerpos, para las naciones como para los individuos, ya que “lo que hace míseros a los pueblos es el pecado”.

Conviene, pues, que Él reine: oportet Illum regnare, porque su reinado “es eterno y universal, es un reinado de verdad y de vida, de santidad y de gracia, de justicia, de amor y de paz” (Pref.). Quiere ante todo reinar en las inteligencias, en las voluntades y en los corazones de los hombres. Es un reinado antes que todo espiritual; el aparato exterior lo tiene en poco y huye ahora del fausto externo, como huyó cuando los hombres quisieron tributarle los honores de rey, y por eso sigue humilde y “escondido en nuestros altares bajo las figuras de pan y de vino” (Himno de Vísperas).

Esta fiesta viene hacia el final del año litúrgico. Es la coronación de toda la obra redentora de Cristo, corona de todos los santos en la patria celestial. Jesucristo es Rey y lo es ante todo en el altar. En el sacramento de la Eucaristía opera su obra de santificación en las almas, forma de continuo en la Iglesia su “Cuerpo Místico” que un día trasladará al Reino de Padre, para tomar parte en el magno concierto de alabanzas que sin cesar se tributa a la Trinidad Beatísima en el cielo.

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